I

Perplejo, te seguí como un muchacho.

Abrías pasaje al sueño, a una realidad excéntrica e inesperada y me vi en otra realidad: bazares repletos de épocas convulsas, hogueras nocturnas en las pendientes del tiempo, un sueño estúpido con malabares de mimos cuesta abajo. Estábamos allí, sobre los techos de Jerusalén, dejándome arrastrar por millares de sortilegios, tímidamente.

Recuerdo que reías, fascinado ante mi cara de estupor. La luz maridaba en ti un contraste perfecto con el Templo de la Roca. Eras la misma imagen que un día descubrí en conjunción.

Siempre evoco al muchacho que te habita.

Tu nostálgica mirada sobre esta tierra que pretendes confinar.

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