Cada día me levanto y me acerco a observar el mundo. Desde mi teléfono veo las noticias, entro en redes sociales, me enfrento a un clamor generalizado desde cualquier rincón de este planeta: todos deseamos que termine este encierro, que fuerzas oscuras de la naturaleza nos obligan a acatar, manteniendo una conducta de enclaustramiento en casa hace más de cincuenta días. Y pienso, con razón, que tienen toda la lógica. El mundo necesita seguir con su andar, la economía necesita generar ingresos y exportaciones. Las ciudades precisan volver a ser lo que eran, metrópolis agitadas con un hervidero humano intentado conseguir sus sueños por encima de cualquier cosa. Millones de personas claman por poder continuar con sus vidas, sus viajes, las cenas con amigos, reuniones familiares. Todos necesitan tener la posibilidad de abrazarse una vez más, de conocerse, de resolver sus vidas, de amarse. Además, es fundamental recomenzar a producir bienes materiales para generar ingresos y consumir.


¿Pero saben qué? Yo me niego. Me niego a que todo esto termine. Prefiero seguir tal y como estamos desde hace cincuenta días. Ya sé que muchos de ustedes, sin pensarlo acaso, airadamente me llamarán loco, desconsiderado, tonto, o en el peor de los casos, una manifestación fehaciente de un cuadro clínico de depresión o esquizofrenia. Pero, aun así, me arriesgo a seguir con lo que iba. Cada momento que tengo para sacar a mis perros a por sus necesidades, no pueden imaginar cuánto disfruto de esta ciudad vacía. El silencio que corroe cada metro vital que, en otros momentos no tan lejanos en el tiempo, eran un caos de vida y una vorágine de tráfico. Mis perros me llevan por las calles de siempre, las mismas esquinas, los mismos escaparates ya sucios sin cambios en su interior, por los mismos garitos que tiempo atrás enardecían de alegría contagiosa. Cierto es que muchas veces me imagino que estoy viviendo en una de esas películas de moda, de clase C. Esas con sus imágenes apocalípticas donde esperas al salir del ascensor o detrás de una esquina cualquiera, ver aparecer un muerto viviente, o si acaso, la última oportunidad para el género humano, dígase un rubio y musculado superhéroe de origen anglosajón. Pero sí, digo alto y claro que prefiero seguir en confinamiento. Y sin duda puedo dar fe que no me afecta ninguna enfermedad mental. No hay nada como levantarse por la mañana y poder organizar tu vida sin ningún ente ajeno a ti mismo que te obligue a vestirte para cumplir con un compromiso, muchas veces no deseado. La libertad que se siente para llevar a cabo miles de tareas que tenías pendientes por falta de tiempo o deseos y que un buen día, y por arte de magia te encuentras haciéndolas. Por otra parte, sé que soy uno de los tantos que han tenido la suerte de tener perros y en los momentos más duros fue un alivio porque cuesta imaginarme encerrado en este apartamento sin poder salir unos breves minutos tres veces al día.
Pero imaginen mi punto de vista. Si observamos, más que mirar, percibimos claramente que hay una agradable reducción de los niveles de polución por dióxido de carbono. Los gráficos en las noticias sobre el estado del planeta son alentadores y positivos; descenso de contaminación en España, Francia, Japón. Las grandes ciudades se están recuperando del abuso ocasionado por la modernidad y nuestro ego y sus apremiantes necesidades. Apenas hay contaminación acústica, y escuchas el silbar de los pájaros a cualquier hora del día. La gente no pasa por tu lado agobiada, esclava del tiempo y no te empuja en el metro. La Castellana es un páramo fresco, inhabitado y limpio. En las noches de los viernes, puedes dormir a la hora que desees y sabes que ningún botellón hará mella en tu sueño. Ningún juerguista acelerará su motocicleta a las dos de la madrugada y te sacará de tu momento de descanso. Todo esto hace cincuenta días era inimaginable.


Desdichadamente muchos han sufrido este encierro de diferentes formas. Peor aún, hay muchos que han enfermado y han muerto. Es peligroso frivolizar con toda esta situación, es una espada de doble filo, un puñal envenenado en la espalda del escritor. Yo mismo estuve enfermo, y las primeras horas y días fueron difíciles. Tristemente esto dejará una marca muy profunda en el subconsciente humano y seguirá así quizás por un tiempo. Se recordará, tal vez, como un momento muy triste de la humanidad, pero a la larga y a pesar del temor que sentimos todos, se olvidará. Por muchísimas razones grandes hechos de la historia no están tan presentes como deberían, quizás por el paso del tiempo, quizás por olvido, o porque es un recuerdo demasiado doloroso para tenerlo presente día a día. Ejemplos sobran: la primera y segunda guerras mundiales y sus millones de muertos. Quizás en menor proporción, pero no menos importantes, todas las crisis humanitarias que se suceden una detrás de otras en el Mediterráneo, en África subsahariana, en Yemen o en el Tíbet. Todo esto ha dejado de tener el protagonismo que debería permanecer tatuado en la frente de varias generaciones. La civilización occidental muchas veces se siente ajena a dolores y problemas que no les afectan directamente a ellos. Todas esas tragedias que compiten por salir en los titulares de la prensa, y que a menudo no logran más que aparecer en la página dos o tres de algunos periódicos globales. Todo se siente muy lejano, y fuera de contexto, y terminamos pasando la vista apurada por los titulares. Pero la muerte recorre el mundo en proporciones horribles cada día de los 365 que tiene el año.


Creo que, infelizmente olvidaremos todo esto en breve. Olvidaremos como ha sido pasar días tras días encerrados entre cuatro paredes llenos de temor e incertidumbre, esperando el milagro de una vacuna redentora. Pero cuando me asomo al mundo y veo en lo que lo hemos convertido, creo que es mucho mejor quedarse en casa. Buscar la manera de impedir la polución y frenar de ser posible la lenta muerte de nuestra única casa. Creo que es esencial intentar un giro, un cambio de formas y de normas. Renunciar a consumir recursos fósiles y apostar por el largo plazo y no el inmediato. Evitar dilapidar comida, dejar de ser parte de esa estrategia de crimen y masacre contra el planeta. Evitar ser la huella destructiva diaria de la supervivencia y desarrollo humano.


Sé que mis palabras rebosan de ingenuidad y estupidez, puede ser. Puede ser que sin ese desarrollo no podría gozar ahora de mis vacaciones al otro lado del mundo, ni de la era de internet, ni transportarme cómodamente, lo sé. Pero el problema es mucho más de base, mucho más de relaciones de producción, pero eso hay que dejárselo a los teóricos. Estos deberían tener esta problemática bien presente a la hora de pensar un mundo futuro. Mientras, yo, simple mortal, sigo disfrutando de las imágenes de los delfines en los canales de Venecia, los canguros en Adelaida, los caballos salvajes en los campos de golf en Sudáfrica y los jabalíes en París y de mis días, los pocos que van quedando, con ese silencio que invade cada calle y cada recodo de esta ciudad.

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