Los largos días pasan tortuosos sin apenas diferencias entre unos y otros y todo por culpa de un ente extraño. Días tras días, mañanas tras mañanas, todas siempre grises, sin matices. Los informativos alarmados y alarmando reverberan las ondas y a la opinión pública sin aportar nada realmente nuevo, son solo quinielas y olvidos. Por nuestra parte, no hacemos más que intentar mantener el ritmo obligado de la cotidianidad e intentar ir dejando bien lejos el verdadero significado de todo esto, y mientras esperamos, confiar en el milagro. No es la vacuna, es demasiado pronto para eso. Nuestro futuro inmediato, para nosotros, radica en que termine el confinamiento y tengamos la enorme suerte, aparte de no volver a enfermar, de poder salir a la calle y caminar, aunque solo sea un kilómetro a la redonda, pero ya eso es mucho. Es, sobre todas las cosas, poder respirar el aire libre y apenas contaminado gracias al mismo confinamiento, es poder volver a ver las caras de la gente, y que esta vez no parezcan máscaras apagadas y con miedo, sino todo lo contrario. Rostros, que, a pesar de todo, aún persisten por sobrevivir. Es vernos a mi marido y a mí intentando retomar el ritmo de la vida desde el punto exacto donde lo dejamos, sin una coma de más, sin un punto de menos, al igual que todo el país.

Pero hasta que ese futuro nos ilumine con su suerte, veremos caer las horas matando el tiempo muerto casi a puñetazos, porque esto pasa demasiado lento. Si estuviéramos en un acantilado cercano a una cala perdida en Ibiza o en Mallorca, seguramente el tiempo pasaría inusualmente muy a prisa, sentiríamos como nos abandona muy a nuestro pesar. Pero, ahora y aquí, entre el silencio alarmado que se cuela por cada poro de las ventanas de esta casa, solo estamos nosotros junto a nuestros perros dormitando, ellos ajenos a una verdad, y nosotros que no nos enteramos de nada, porque nada queremos saber. Porque de nada sirve mantenerse informado, es algo que no lleva a ningún lugar, algo capaz de alarmar, molestar, y para eso, basta mirar a la ciudad, que es un perfecto recordatorio de todo lo anterior. Mientras la espera perdura, nos gusta hacer cábalas, planes imaginarios, recorridos insólitos entre diversos puntos cardinales, hacer piruetas en el aire, imaginar viajes, ciudades desconocidas por conocer, divertidos recorridos, rutas imposibles.

No hay nada mejor que poder soñar. Intentamos adivinar qué pasará mañana, la semana que viene, dos meses después de hoy, tiramos las cartas de un tirón, jugando a desentrañar esas runas mudas, que tanto se niegan a hablar. ¿Cómo será el futuro inmediato?, ¿cómo será la vida mucho más allá del mal recuerdo que dejará esta situación? Sabemos que, en el fondo, vacaciones y viajar, son dos palabras malditas, que, a esta altura, suenan mal y muy lejanas. Eran asuntos que solíamos planificar con tiempo y dedicación, y que seguirán siendo una tarea pendiente, porque el futuro es tan incierto como la vida misma.

Me gusta observar cómo recorre la pálida luz del sol cada estancia de la casa durante todo el día, ver cómo va anunciando el cambio de las horas y de las estaciones con su luz. Aparece con fuerza inusitada en la mañana poniendo brillo en un salón mustio y aburrido, mientras que, en su cenit, juega a quemarnos los ojos y a exterminarlo todo con su irradiación. Ojalá, que, de paso, se lleve a este maldito bicho que nos ahoga a todos por aquí, pienso con frecuencia. Ya en la tarde, sus fuerzas apenas resisten a la oscuridad, llega agotado, calmado, sin ganas de nada a iluminar lo poco que queda del día y apenas tiene el valor de sacarnos del letargo, de ese sueño perezoso como nosotros mismos y la espera sigue siendo ardua, permanentemente eterna. Andamos como fantasmas dentro de nuestro cascarón impoluto, sin nada que hacer, o con mucho también, pero no faltan las ganas, estas se han ido a esconder a algún solitario resquicio de alguna habitación. Tal vez se han marchado de una vez, o quizás, se han asilado fuera de este planeta, han tomado su rumbo y se han dejado olvidada la brújula, las cartas de navegación y ni siquiera han dejado santo y seña.

Nosotros, boquiabiertos como pescados en nevera, sin público ni compradores, no asimilamos la idea de que esto durará aún mucho más tiempo. Que las estaciones pasarán una detrás de la otra mientras la humedad de nuestras paredes conseguirá permanecer junto a un par de rostros sin gestos, asimilando la rutina magnífica de la supervivencia. Observamos a nuestros perros tan felices y ajenos a todo y no hacemos más que sentir envidia por su inocencia. Son tan dóciles, tan callados, tan de otro mundo, mientras nosotros ardemos entre tanto silencio, ante tanto dolor y con tanto pavor, a la espera de que todo pase, de que dejen de sonar las ambulancias a las 3 de la madrugada, con ese lamento lleno de espanto, de que dejen de morir los moribundos, de que el aire alcance para todos y los hospitales también.

La resignación es un sentimiento horrible, algo que nunca será aconsejable, pero resulta cercana e incluso fraternal en estos momentos. Qué inteligente manera de apaciguar las ganas de vestir nuestras mejores ropas, calzar un par de zapatos cualquiera, bajar las escaleras, esperar impacientes a que el ascensor se abra y te contamine con ese poco de aire extraño e incierto, movilizar nuestras piernas y salir corriendo y olvidarlo todo, como se olvidan las guerras y las crisis, tan rápidamente como las vueltas que da la tierra sobre su propio eje, porque duelen demasiado, porque es un dolor que corroe en silencio, sin apenas darte cuenta. Tiene la habilidad de expandirse y de diluirse mientras te va recorriendo la mente, la boca, el esófago, las tripas, los huesos y la sangre. Pero duelen tanto que laceran el recuerdo en nuestras mentes.

Es curioso ver como entre nosotros no hacen faltas llamadas, ni conversaciones, ni chatear, ni likes en una página insana, ni gestos cibernéticos para entender lo solos que estamos. Para descubrir que la vida ahí afuera pende de un hilo. Nos basta con la mirada, con un gesto mínimo, con subir un labio, con bajar una ceja, morder una fruta de mala gana o tirar el mando del tv para definirlo todo, para abrirnos a nuestro par sin máscaras posibles. Es todo el silencio y es mucho más. Es la espera de que afuera, las cosas vuelvan a ser como eran, es la esperanza, la infinita necesidad de que aprendamos de nuestros errores y nuestros horrores, que no nos marquen ni nos determinen y que este virus que tanto juega con nosotros, que tanto nos arde en la sien, pronto no sea más que una raya de un tigre demasiado cansado.

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