Sólo 6 días llevamos del nuevo año y ya están flaqueando nuestras aspiraciones de un año nuevo mejor. La pandemia sigue ahí, inamovible, nada la detiene, ni la amedrenta, nada le provoca pavor. Ella, ágil y voraz, prosigue con su camino obviando el tiempo, las estaciones y el cansancio en los demacrados rostros de sus huéspedes físicos. La luz al final del túnel, que resulta ser la milagrosa vacuna, aún no consigue encontrar el camino idóneo y ágil hasta los brazos desesperados de los pacientes para ser inmunizados. Como si no fuera suficiente, la democracia más representativa del mundo occidental, esa que parece inamovible por su autenticidad y prepotencia, se ha visto amenazada bajo el fuego cruzado de la América profunda, esa que pervive alejada de los más elementales avances liberales del que disfrutan las orgullosas costas de la unión americana. Por si fuera poco, una borrasca helada con nombre de mujer (el trasnochado machismo persiste) ha convertido a media España en una sucursal de la inhóspita Siberia sin sus osos, sus antiguos represaliados por Stalin y sus anacrónicos koljoses, o en un mal disimulado y decadente continente Antártico, que se descongela inexorable ante el empuje acelerado de la guerra moderna contra el equilibrio ecológico y los deseos manifiestos de usurpar sus riquezas naturales. Luego, para más desconsuelo y dolor, un accidente de aviación en Singapur deja 62 víctimas mortales. 62 personas que no han podido continuar con sus vidas ni disfrutar del fin de la pandemia.

Muchos, estoy seguro, se van arrepintiendo de haber denigrado tan cruelmente al envejecido año 2020, ese que, a pesar de todo, consiguió mantenernos confinados y tristemente provocó y sigue provocando decenas de miles de muertos y que seguirá perdurando en nuestras mentes como uno de los peores años que hemos vivido, dependiendo, claro está, desde dónde y el cómo se mire.

Lo cierto es que pocas esperanzas brinda el nuevo año que apenas camina, y en su corto bregar, ya nos va ofreciendo una serie de calamidades impensables para nuestra cotidianidad y que tal parece que va gritando que es solo un avance de lo que está por venir.

Porque seamos serios, eso de ver el templo de la democracia americana siendo azotado por una turba de endemoniados red-necks era impensable en ningún escenario posible (más allá de la paranoia del cine bélico norteamericano, claro está). El más famoso de los intentos por tomarlo data de 1814, la única vez que una potencia extranjera, Inglaterra, ocupó Washington DC. Lo cierto es que da mucho miedo encender la televisión, y enfrentarse al mundo, porque realmente no sabes qué mala noticia te puede deparar la emisión del telediario. Por ejemplo, ver lo que el populismo y la ignorancia humana pueden llegar a provocar sobre todo cuando van de la mano de líderes incapacitados para serlo. Un país asediado por una pandemia beligerante e inamovible con un líder incapaz de liderar, de tomar decisiones reales para resolverlo y más dedicado a jugar al golf y a odiar a todo el que no sea como él, se ve atacado por fuerzas que décadas atrás nadie hubiese podido creer que fuese posible.

Por otra parte, los esquimales en La Puerta de Alcalá con sus aperos de pesca, sus instrumentos ideales de la muerte para desplazarse sobre 60 cms de nieve y usando trineos arrastrados por perros, ya es demasiado. No sabes si estás viendo una película como El Renacido con Di Caprio durmiendo dentro de la panza vacía de su caballo o Fantasías en la nieve de Disney, solo que el escenario principal no es otro que la capital española y mis ojos no comprenden la deriva que lleva este nuevo año. Que la nieve es preciosa, todos lo sabemos, que tenemos cierta idílica pasión por confraternizar con ella, también, que es maravillosa y hace que parezca que vivimos en la primera y segunda parte de Frozen, y que en cualquier momento aparecerá la princesa Elsa de Arendelle, me parece genial, vamos, hasta yo me entregaría a la causa encantado mientras me congelo los huevos intentando construir a Olaf, el alegre muñeco de nieve, pero lo cierto es que mientras tanto los hospitales de medio mundo siguen asediados por el covid 19, cientos de miles de personas se están contagiando ahora mismo, y las UCIs están al cien por cien de sus capacidades sin vislumbrarse el final. Entiendo que no damos más, entiendo que el año pasado ha sido demasiado duro, que nuestras mentes están atascadas, agotadas y que la vida sigue, que mientras exista ella, habrá esperanzas, pero quizás, es un poco inconsecuente lanzarse a la calle y olvidar todo lo demás.

Que el virus nos atenace y nos encarcelara durante casi todo el año pasado y sobrevivir a ello, ya había sido algo positivo e impensable, casi demencial de prever y de procesar pero que recién estrenado el 2021 a sólo unas horas de haber contado las campanadas, de habernos atiborrado de uvas y de turrones, de criticar el vestido de la Pedroche, de clamar al cielo y a los supermercados de que dejen de vender comida, porque este cuerpo ha dicho basta, ocurren estas cosas que van configurando un panorama nada alentador, un año que podría estar bien sazonado. Vamos, que las predicciones que ha hecho el nuevo gurú de las predicciones del futuro, si, ese mismo, el científico ruso norteamericano Peter Turchin parece que van camino a hacerse realidad. Este señor, basado en las matemáticas y no en predicciones oscurantistas, cerebrales o astrales, nos augura un 2021 bien movido y complicado. Yo, que nunca he sido de creer en esas falacias, aunque sean dichas por el propio Nostradamus y compañía, creo que va siendo hora de comenzar a tomarse en serio este método, por aquello de si por si acaso. Cierto es que desde que este señor, nacido en Rusia y nacionalizado en Estados Unidos, comenzó a intentar adelantarse al futuro mezclando la historia con las matemáticas analizando cómo evolucionan las sociedades y cómo, mediante complejos análisis estadísticos, acumulando datos previos a las caídas de grandes imperios como el romano o el británico, se puede predecir el siguiente colapso de una civilización, se ha acercado bastante a ciertos eventos con bastante éxito. Todo un portento de información muy a tomar en cuenta sobre un futuro que a veces creemos que sólo existe en nuestros sueños y/o en las películas de ciencia ficción de Netflix o de Hollywood.

Porque sólo tenemos que asomarnos al pasado, ver cómo ha ido, en crescendo, el devenir histórico de este planeta para poder aproximarnos someramente a lo que podría ser, no sólo el 2021, sino el futuro de nuestra querida y pretenciosa humanidad. Otro escritor de ciencia ficción como lo es Cixin Liu ha descrito y predicho en cada uno de sus libros como hemos hecho un uso inhumano de nuestra única casa, convirtiéndola en una cloaca y su literatura no es más que un grito de alerta y de auxilio. Durante décadas, otros cientos de escritores han conseguido aventurarse con éxito a ese acercamiento, y desgraciadamente, han logrado para mal, delinear una posible realidad más cercana a la ciencia que a la ficción acercándonos de golpe y porrazo a un futuro que no estamos tan seguros de que queramos vivir.

Pero no nos adelantemos, quiero decir, poco realmente podemos hacer más que tomar conciencia desde nuestros pequeños espacios vitales e intentar cambiar desde allí las cosas, y con ello, las conciencias de nuestros conciudadanos. Este año que comienza, que da sus primeros pasos, sin proclamas ni certidumbres, quizás nos está poniendo a prueba, nos está convidando a ser precavidos, y sobre todo, a no esperar sentados de brazos cruzados a que las cosas sucedan porque son inevitables. Pronto hemos visto que quizás, y según lo predicho por Turpin, este año seguirá poniendo a prueba la sociedad interconectada que somos, porque cuando se le rompe el ala a una mariposa en Ámsterdam esto provoca un cataclismo en los Andes, así de frágiles somos. Además, aún tenemos una lucha pendiente, un asunto que finiquitar, y es la erradicación de esta pandemia trotamundos que insiste en no parar sus pasos y que lentamente vamos solucionando. Sin ánimos de ser un ave de mal agüero, esta no será la ultima pandemia que tengamos que combatir. La ecología está quebrada, y como una caja de pandora, seguirá dejando escapar otros males cada vez más difíciles de afrontar y que nadie podía, en los más románticos años de la revolución industrial, adelantar que ocurrirían solo para propiciar el acelerado desarrollo humano contemporáneo.

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7 thoughts on “¡¡Dios mío, estamos a dos sustos más de echar de menos el 2020!!..

  1. Yoma, me encanta como escribes, pero aunque temo que puedas tener razón deseo muchísimo que te equivoques.
    Millones de besos. No todo está perdido.

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