El bello rostro de la mujer está lívido por el pánico. Siempre se siente totalmente indefensa y desamparada en aquella ciudad tan fría, de arquitectura tan pedestre. Intenta serenarse bebiendo de un vaso un trago largo de güisqui con hielo y deambula sin sentido por la habitación. Lleva media botella y aún permanece en pie. Sabe que el miedo es un animal terrible con una sombra muy larga. Las sirenas se oyen en cada punto de la ciudad como un alarido triste y permanente y, afuera, el aire bate fuertemente contra la ventana de su habitación generando un ambiente de pesada ansiedad. Ella está segura de que algo terrible le pasará esta noche, sabe que nada podrá hacer para cambiar un destino que ya tiene descrito su final desde hace mucho tiempo.

De pronto escucha pasos en el pasillo. Sus sentidos se agudizan mientras el miedo recorre cada centímetro de su bien cuidada piel. Deja el vaso con la bebida en una mesa cercana, y se acerca lentamente a la puerta de su habitación. Pega el oído a la fría madera y el silencio es la única respuesta, y piensa que querría poseer un superpoder que la ayudara a adivinar lo que le espera detrás de esa puerta. Está convencida de haber escuchado algo. Espera unos segundos aterrorizada y confirma lo que había imaginado. Unos pasos cautelosos se acercan hacia su puerta. Se aparta esperando lo peor. Escucha como intentan manipular y, finalmente, abrir la puerta de la habitación. Ella, presa de terror, emite un grito en medio de la madrugada.

—Al fin te he encontrado, Laura —dice con parsimonia el hombre que la observa sádicamente.

— ¿Qué haces aquí, cobarde? —le grita horrorizada ella.

—Te dije que un día te mataría y ese día ha llegado…

La mujer, presa de terror, solo tiene fuerzas para esperar el desenlace de su vida. Está agotada de escapar. Mientras, consigue ver de soslayo que este empuñaba una navaja que había sacado lentamente de un bolsillo de su chaqueta.

Me levanto de la cama mientras apago el televisor. La más reciente y superpromocionada serie de Netflix no me convence mucho. No estoy de humor para enfrentarme a otro crimen televisivo. Son las dos de la madrugada y no puedo dormir. Hace una semana que estoy con fiebre, tos y dolores musculares. No lo he podido confirmar con certeza, pero estoy casi seguro de que estoy contagiado con la covid. Los números habilitados por la comunidad de Madrid para avisar y pedir ayuda apenas contestan, y poco pueden hacer por mí. Lo cierto es que el miedo me tiene a sus pies, un miedo diferente al de nuestra heroína de la serie, pero miedo al fin y al cabo. La incertidumbre y la imposibilidad de corroborar mis sospechas no ayudan para nada.

Afuera la ciudad intenta dormir. Me acerco a la ventana de mi habitación y observo la calle vacía y una fina llovizna que se apodera de todo el espacio exterior. Las gotas van dibujando una curiosa imagen en el cristal de la ventana que yo, como un tonto, intento adivinar. Afuera hay diez grados de temperatura y las ramas de los árboles, como fantasmagóricas figuras humanas, se mueven agitadas por el viento. Extrañamente, veo a una persona con paraguas pasear a su perro a esas horas. De pronto, escucho el sonido de un automóvil que se acerca a toda velocidad. Ante mis ojos pasa una ambulancia en silencio, pero con sus luces encendidas. Entonces intento adivinar cómo serán las imágenes de una escena, quizás dantesca, en el interior del vehículo. Seguramente un paramédico hace lo posible para intentar que su paciente llegue con vida a su destino. Es una situación que últimamente se repite con bastante frecuencia. Esta misma mañana, sacando a mis perros, vi cómo en el edificio de al lado los servicios fúnebres de la ciudad sacaban el ataúd de una persona que había fallecido en su apartamento.

Fue una escena terrible, no había curiosos, nadie acompañaba el ataúd, eran solo dos hombres de negro cargándolo. Así estaría el paramédico dentro de la ambulancia, solo e intentando conquistarle la vida a la muerte segundo tras segundo. Y no consigo evitar pensar en la persona atendida, ¿estaría consciente?, ¿sabría exactamente qué estaba ocurriendo en ese momento?, ¿el miedo la acompañaría?, ¿qué estarían pensando sus hijos, su pareja, su familia, sus vecinos en ese preciso instante?

Este virus ha tenido el poder de detener el ritmo acelerado que exhibía la vida moderna. Ha tenido el poder de cubrirnos de aprensión, de dolor y desaliento. De paralizar la vida y las ciudades, la economía. Nos hemos cansado de ver en las noticias un mundo detenido y legiones de médicos, enfermeros, policías y trabajadores en la primera línea de combate enfrentándose a lo desconocido. Este virus está poniendo a prueba a la humanidad, está haciendo preguntas que no sabemos si seremos capaces de responder. Está cuestionando nuestra preponderancia como especie y nuestra capacidad de resistencia y de cooperación. ¿Seremos capaces de saber las respuestas, de darnos cuenta de la huella que estamos legando al futuro?, ¿estaremos a la altura de la historia?

Me aparto de la ventana. Ha dejado de lloviznar. Necesito poder dormir un poco y me propongo intentarlo. Al menos en ese momento, la fiebre me ha dado un respiro. Habrá que confiar que el nuevo día será diferente y que la persona que iba en la ambulancia tenga una nueva oportunidad.

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