Un buen día abrí los ojos y sentí que algo había cambiado. Por mi piel corrió un escalofrío indeseado, fue una sensación extraña, diferente. Pude apreciar como algo insólito se había apoderado de nuestra casa y de nuestros padres, era algo oscuro e irreconocible. No sabría decir el cómo ni el porqué, quizás los pasos agitados de ellos mientras hacían llamadas con un tono de voz alarmado fue el primer indicio del cambio, tal vez la forma diferente en la que se acercaban a mi hermano y a mí, o el brillo de sus ojos, o mejor, la carencia de ello. Ambos se miraban, y los gestos de preocupación protagonizaron cada momento de aquel día, cada minuto marcaba la vida como un lapicero refulgente en una pared vacía. Sus rostros sudaban en exceso y parecían totalmente agotados. Que pasasen tanto tiempo en casa, era sin duda lo más extraño, cosa que normalmente no ocurre. Comúnmente, uno de ellos pasaba días enteros sin estar con nosotros, y el otro mucho más presente, también solía ausentarse con frecuencia durante el día. Sin embargo, fueron muchos los días en que los cuatros pasamos momentos maravillosos como una familia ideal, nosotros estábamos felices por tanta suerte. Pero ellos no, sus rostros denotaban inseguridad, miedo, no sé, era algo extraño. Aun así, ellos intentaban que todo fuese normal, se pasaban todo el tiempo entre el sofá viendo la tele y en la mesa del comedor comiendo constantemente sin compartir. Se decían entre ellos que nosotros estábamos a dieta, pero ellos se olvidaron por completo de ese concepto para sí mismos. Justo a la hora que nos daban la cena, corrían a las ventanas a aplaudir a alguien, imagino que cada día y la misma hora, esa persona se empeñaba en pasar por debajo de nuestras ventanas exigiendo sus halagos diarios, era todo muy raro. A pesar de toda esa hipotética normalidad, mis instintos me captaban algo extraordinario y nuevo. La aprensión se podía oler en el ambiente, en cada esquina del salón, en las paredes, en la manera que tenían de no organizar sus días ni la casa, envueltos los dos en una desidia total. Las sabanas de su habitación olían de una manera extraña y nueva, no era suciedad, era algo todavía peor. Mi hermano evitaba permanecer en ella, aunque eso no cuenta mucho, él ha tenido siempre un espíritu, que según dice mi padre, es muy independiente, algo así como el irresuelto problema catalán y sus connotaciones según le gustaba comentar.

Lo cierto es que ya han pasado varios meses y todo ha mejorado. Ahora noto otros tipos de semblantes, más relajados y alegres, nada que ver con el pasado. Pero recuerdo que al principio de todo y a pesar de lo raro que ambos estaban y lo extraño de sus comportamientos, nosotros tuvimos una dosis extra de paseos. Mi hermano y yo siempre nos hemos quejado de lo poco que salimos a la calle, siempre estamos deseando salir y respirar aire puro, jugar en la plaza, estirar nuestros huesos y siempre por alguna razón no lo conseguimos, y de pronto, ocurrió. Nuestras caminatas se hacían cada vez más largas, exploramos otros barrios, descubrimos otras zonas de la ciudad que no teníamos ni idea de que existían, y muchas veces, regresamos a casa agotados y sedientos. Cierto es que la ciudad estaba completamente vacía, mi hermano me miraba asustado exigiendo que yo, como hermano mayor, le diese una explicación de tanta mudez, de tanta soledad, aunque sé que, en el fondo, el independentista, estaba feliz con toda esa situación. Fue extraño, eso sí, que uno de mis padres que nunca tenía mucho tiempo para sacarnos, súbitamente se dedicase en cuerpo y alma a las salidas. Era el que más nos hacía caminar, y eso que fue él, el que peor cara tenía al principio, pero parece ser que nada le importaba, tanto él como nosotros disfrutábamos de la posibilidad de salir de casa. Tal parecía que salir, lo tenían prohibido mis padres, porque siempre solía ser a las mismas horas y para ellos era igual o mejor que una buena cena. Pero ya todo pasó. Súbitamente una nueva normalidad regresó a nuestra casa, dejaron de sentirse mal, de oler extraño y de pasar casi todo el día entre el sofá y la mesa, bebiendo unas cosas raras y extremadamente irrespirables pero que los ponía felices y relajados, aunque mantuviesen la misma mala cara de enfermos.

Recuerdo que a veces me asomaba a las ventanas y no conseguía entender nada. La gente se negaba a salir o quizás alguien no se los permitía, pero, sin embargo, hacían unos ruidos espantosos con unas cacerolas durante mucho rato siempre a la misma hora. Mi hermano y yo lo escuchamos y creíamos que todos los vecinos sacaban comida por las ventanas y nosotros empezábamos a relamernos de placer soñando con manjares impensables. Lo curioso de todo es que nuestros padres no se movían de sus sillones, se miraban haciendo muecas de desaprobación y seguían aguantando el ruido como si nada pasase. Vaya, al fin nos llama mi papá, nos han servido la cena, nada como este momento tan esperado. Mi hermano Pepe, como siempre sale corriendo como alma que lleva al cuerpo y es el primero en llegar, siempre tiene un hambre espeluznante. Eso es lo que pasa cuando se rescata a un perro de una perrera. Pobres, son tan mal cuidados…

Compártelo en...
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter

2 thoughts on “Fino olfato

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.