No teme a la muerte
No teme ser una estrella fugaz sin cola, sin la eterna luz que nunca llega
Sabe que las tormentas deciden su destino por encima de las nubes
Se niega a dejar una huella que perdure en los salados muros de la vida
En él no estuvo el venerado objeto del deseo
Nunca ha sido pasto de sus llamadas
Y no teme al paredón del tiempo
Su cuerpo retoza contra la arena, sus manos se llenan de ella
El reflejo de sal opaca sus ojos
Y las estrellas le miran armoniosas y viejas
Demasiadas cansadas para repartir milagros
Con esa eterna expresión que nunca logran hacer realidad
Sin embargo, su mirada divaga a través de ellas
Se entretiene con imaginar la vida en la frialdad mortal de la lejanía
La nada le persigue y le inunda.
Él no le teme a la muerte
Porque la muerte nunca le ha nombrado
Nunca se ha cebado con acortar sus días
Sus sueños ya no suelen ser sus sueños
Sus manos siempre han sido un mero instrumento de su cuerpo vacío
Su cabeza se queda siempre en la trastienda
En algún oscuro rincón donde la realidad ejerce todo su poder
Y él libre de todo deja de ser un cuerpo, una diana
Y se convierte en el reflejo de su propio ser

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