Giuseppe “Pino” Pelosi nunca lo consiguió. Jamás se deshizo de la maldición que arrastraría durante toda su vida hasta morir de cáncer el 20 de julio de 2017. Ya era un hombre libre cuando falleció pero, aun así, su mente seguía maldita, encerrada en un ciclo eterno de culpa y perdición. Según sus propias palabras “dentro y fuera de la cárcel mi vida siguió marcada por el fantasma de un hombre al que, en el mejor de los casos, ayudé a asesinar”. Nunca entendió cómo y por qué la figura de Pier Paolo Pasolini lo había perseguido para todo el resto de su vida. Pero la respuesta es sencilla. Simplemente él fue incapaz de saber, de entender la altura, la inmensidad intelectual de aquel hombre que disfrutaba teniendo sexo con otros hombres, uno al que le encantaba divagar por los peores barrios de Roma buscando inspiración creativa y también placer sexual. Aunque esos datos son, significativamente, lo que menos importa en esta historia. 

Para Pino Pelosi, él sólo era uno más que requería sus servicios sexuales: un hombre de buenos modales, bien vestido y que se quejaba constantemente diciendo cosas extrañas sobre la moral y la política. Aunque Pino, desde su inmadurez, notaba que siempre había un trasfondo oscuro y canalla en la mirada, pero que sabía tratarlo bien, sin violencia, sin arrogancia. Todo eso lo hacía sentir seguro a Pino Pelosi. A él solo le importaba que le pagaran por el sexo casual y, muchas veces, mal hecho. Un sexo rápido, sin deseos, sin ganas, como todo aquel que se hace cuando no hay atracción o, al menos, cuando ambas partes no están en el mismo plano. Así lo sentía el chico cada vez que estaba bajo la influencia de “ese señor que algunos dicen que es muy famoso”. Para Pino Pelosi, Pier era uno más que lo frecuentaba y que, a veces, le pagaba una comida caliente; eso si se lo debió agradecer.
Pino Pelosi, desde muy joven sufrió en la calle el desprecio y la soledad por sus orígenes y su invisibilidad. Fue uno más de los miles de niños de la posguerra italiana que tuvo que sufrir el reacomodamiento político, la recuperación económica y el desastre causado por la Segunda Guerra Mundial. Hijo legítimo de una “Citta Aperta” que, en su intento por olvidar el conflicto, se alimentaba pacientemente de sus hijos nacidos y por nacer.

Pero cuando Pino Pelosi estaba con Pier Paolo, a veces, solo a veces, creía que podría ser un ser humano como el que tenía delante de él. Ese que le brindaba un cigarrillo sin dudarlo, el que le hablaba en voz baja y con dulzura, sin violencia. Ese que sonreía sólo por el simple hecho de contar un chiste, de ver frente a él un chico deseado pero humano también, tan vivo e interesante como cualquier otro. Porque con Pier Paolo sentía que era posible conseguir un poco de normalidad. O que tendría el derecho a soñar a pesar de que la relación entre los dos era mediocre, casi inexistente. Pero así sería el alma y el espíritu del poeta. Era capaz de hacer sentir cosas profundas a un animal perdido en la gran ciudad.
Pero lo que desgraciadamente no supo ver Pino, quizás debido a la carencia de su educación, fue que Pier Paolo tenía una sensibilidad enorme para observar en la oscuridad, para saber orientarse en los fétidos recovecos de los barrios pobres. Pino no supo darse cuenta que ese hombre maldito y calumniado conseguía ser él mismo cuando recorría las calles de los barrios del Pigneto, Testaccio, en el EUR (Esposizione Universale Roma), o en el litoral de Ostia. Sólo allí Pier Paolo se sentía digno, abierto, cercano. Allí exclusivamente sabía encontrar los pequeños trazos de belleza que rincones como esos tenían para brindar. Él como nadie supo humanizar a la gente de esos barrios. Sólo él supo sacar la grandeza de vivir y de morir en un momento y en un lugar marcado por la tragedia y la muerte.

Pero Pino Pelosi fue incapaz de vislumbrar que el hombre al que ayudó a asesinar y que vio morir masacrado delante de él era mucho más que carne y hueso, mucho más que morbo y deseo. Pino no supo presentir el daño que estaba provocando a la cultura italiana y a la universal. Era un niño apenas y estaba ciego. Pero su ceguera era demasiado profunda como para atisbar, al menos, el enorme vacío que dejaría la presencia de su amante. Así que la vida premió a Pino con arrastrar ese karma. Con el paso de los años, con su crecimiento intelectual, el que sea que haya tenido, supo darse cuenta de su error, del horror que provocó no solo a un ser humano sino a un ser humano excepcional.
Fue, hasta donde se sabe, parte del complot para asesinarlo. Aunque hoy está probado que él no fue el ejecutor, sino la carnaza que lo frecuentó lo suficiente como para que, llegado el momento, pudiese convertirse en alguien de confianza para Pier Paolo. Pino sabía que tenía a Pier comiendo de su mano. Sentía que había morbo y seducción en su forma de ser, de mirarlo, de coquetear con ese hombre. Entendía que de alguna manera tenía el control sobre Pier. Al punto de que regresaba a él una y otra vez y, aunque a veces apenas había roce sexual, algo atractivo había en él que Pier Paolo no dudaba en dejarse querer y, de paso, traicionar.
Después de salir de la cárcel en 2005, Pino intentó rehacer su vida. Primero, trabajó como jardinero en una cooperativa fundada por exconvictos que fracasó. Luego, regentó un bar en un céntrico barrio de Roma, buscando desesperadamente la manera de eliminar las imágenes terribles que le habían marcado. Mas no lo consiguió nunca. Le sería imposible. Entonces, supo ver su error, distinguir y reconocer la muerte y la masacre cometida. Además, lo que había visto esa noche en Ostia había sido demasiado terrible e inhumano para que fuese tan fácil de extirpar de su mente.
La vida le otorgó convivir con una sensación de culpa permanente. Cuando llegó el momento de su muerte, creyó que nunca había experimentado una vida. Que todo lo que tocaba con sus manos estaba sucio y era nocivo. Tenía la certeza, escrita como una maldición en la frente, de que jamás pudo restaurar su vida por culpa de las acciones acaecidas el día en que aceptó las veinte mil liras que Pier Paolo Pasolini le ofreció. Un canje fatídico por un mal sexo en una playa perdida en Ostia. O, como se ha averiguado después, para que fuese el intermediario entre unos ladrones y el mismo Pier Paolo.
A partir de entonces, cientos de veces Pino y todo aquel que se interesase por el destino que sufrió Pier Paolo se habrán hecho las mismas preguntas ¿él estaba al corriente de lo que le esperaba a Pier Paolo esa noche?, ¿sabría el propio Pier Paolo que había un complot para arrastrarlo a Ostia y asesinarlo (y de paso sacarlo de la escena política por ser una voz demasiado crítica para la socialdemocracia italiana y la mafia), ¿sabría Pino Pelosi que se convertiría en el chivo expiatorio de toda la trama y que su vida estaría marcada para siempre por ese único momento?
Al menos Pino no fue consciente realmente nada de eso. Sus pocas luces sólo le dejaban ver la oportunidad para robar, para medrar y subsistir. Su único objetivo vital era poder sacar un poco de dinero de la calle, resistir el día a día y tener un plato de pasta caliente al final de la jornada.
Pero lo que sí supo Pino, con el paso de los años y, con total certeza, es que toda acción del tipo que sea tiene consecuencias. Que seguirá como un arma candente y lacerante emitiendo sonidos en su mente imposibles de traducir. Para él ya era demasiado tarde como lo fue para Pier Paolo.
Este año de dos mil veintidós se cumplen cien años del nacimiento de Pier Paolo Pasolini. Atrás queda el lejano y fatídico día del 2 de noviembre de 1975 en que el enorme intelectual italiano encontró la muerte, aun hoy, en circunstancias desconocidas. Se cumple un aniversario cerrado del nacimiento de quien fuera un acérrimo ateo, un comunista y militante convencido, un homosexual abiertamente declarado, un excelente escritor, poeta, periodista y cineasta. Sin duda, un enorme intelectual que supo incursionar en diversas y variadas formas expresivas todas con éxito definitivo. Pero que, sin embargo, encontró la muerte de la manera más sucia y denigrante posible. Pier Paolo fue un protagonista activo de la caótica y violenta escena política italiana de los sesenta y los setenta, una víctima directa de esos años sangrientos.
Pero qué podría saber un adolescente como Pino Pelosi de lo que acaecía en la política italiana de los años setenta, el funesto período llamado “los años de plomo”, debido a las crisis extremistas extraparlamentarias que propiciaron protestas estudiantiles en mil novecientos sesenta y ocho. Toda esta situación enervante se explicaba por el miedo ante el supuesto avance del comunismo en Italia. Y esa violencia fue la respuesta para contrarrestar ese avance. El atentado contra un Banco en Milán provocó ese cambio de táctica. Fue una oportunidad bien orquestada para crear una reacción del poder político contra grupos anárquicos y de extrema izquierda acusándolos de dicho crimen. A partir de entonces esta táctica se convertiría en un instrumento fundamental de lo que luego sería la “estrategia de la tensión”: la necesidad del Gobierno italiano de hallar maneras y soluciones para desequilibrar constantemente la situación política en el país y así tener el perfecto pretexto para ir frontalmente contra la izquierda más extrema. En mil novecientos setenta y ocho ocurrió el clímax de la situación cuando miembros de las Brigadas Rojas consiguen secuestrar y, finalmente ejecutar, a Aldo Moro, quien era primer ministro y presidente del partido de la Democracia Cristiana
No puedo imaginarme a Pino intentando entender por qué en su país se masacraban entre partidos cuando él, seguramente, intentaba subsistir robando o teniendo sexo por dinero. Pero él vivió esos tiempos violentos (de atentados y bombas) quizás con la mirada de un inocente que ni sabe o ni le importaba qué ocurría.
Pino Pelosi habló sobre ello en alguna parte, no porque le interesara particularmente el destino y la figura de Aldo Moro sino porque el día de su muerte violaban, salvajemente, a su compañero de celda mientras el observaba sin hacer nada. Tenía entonces veinte un año.
Si se sacan conclusiones ante la evidencia que existe y se analiza el contexto histórico a profundad, la hipótesis de una participación neofascista en el asesinato de Pasolini (que tenía la lengua muy afilada) se vuelve todavía más creíble y lógica. Sobre todo, porque a principios de los setenta, Pier Paolo se había erigido como uno de los comentaristas políticos más perspicaces de la República Italiana. Su verbo apasionado y lacerante gozaba de una enorme influencia desde una plataforma tan importante como lo es el periódico conservador de mayor prestigio en el país: el Corriere della Sera. El catorce de noviembre de mil novecientos setenta y cuatro firmaba en su columna una peligrosa y determinante acusación con el título «Yo sé», donde en sus líneas afirmaba que estaba al tanto de los nombres de los autores intelectuales de los atentados recientes, por la que recibiría amenazas de muerte.
Pero para Pier Paolo no era suficiente. Necesitaba seguir denunciando sin importar las consecuencias. En una columna del día veinticuatro de agosto del mil novecientos setenta y cinco que tituló «El proceso», reivindicó la necesidad de llevar a los tribunales judiciales a toda la clase política italiana por poseer la absoluta culpa de corrupción económica y política, abuso de poder, connivencia con el poder industrial y petrolero y con la mafia.
El puntillazo de toda esta situación que iría en contra del intelectual sería la pronta culminación de su novela Petróleo donde investigaba y denunciaba el asesinato de Enrico Mattei, quien siendo presidente de la Corporación Nacional de Hidrocarburos había logrado convertirla en una fuerza poderosa, negociando incluso acuerdos comerciales con la URSS.
Pero lo cierto es que, a pesar de la profundidad de la política, de los crímenes de Estado, de la corrupción imperante en el seno de la Social Democracia italiana, cosas más vulgares como el intercambio de sexo y de influencias políticas podían tener un excepcional poder. El propio Pier Paolo nunca sabría qué habría pasado si no hubiese puesto los ojos en el atractivo y canalla Pino Pelosi. Ni tampoco qué destino habría corrido si no hubiese decidido ir junto a él al hidropuerto de Ostia. A Pino Pelosí le tocó la maldición de ser el elegido y, con ello, arrastrar con la sombra larga y profunda de haber propiciado la encerrona contra Pier Paolo.
Algunos cercanos al intelectual como su amigo Sergio Citti, asistente de dirección en la mayoría de sus rodajes, han explicado que “él sabía a lo que se enfrentaba y habría mucho más que sexo en aquella playa”. Si lo que dice Citti es cierto, esa noche Pier Paolo no iba buscando sexo malo y rápido. Estaba intentando recuperar unas bobinas robadas que contenían las escenas que formarían el desenlace de su controvertida película “Saló o los 120 días de Sodoma”, sustraída de Cinecittá por los hermanos Franco y Giuseppe Borsellino. Estos eran miembros del ala militante del Movimiento Social Italiano, un partido político neofascista fundado después de la Segunda Guerra Mundial por exintegrantes del régimen de Mussolini.
La película, que con los años se ha convertido en un clásico de culto del cine mundial, fue considerada en su momento como un ataque contra la fe cristiana según la jerarquía católica, una película fascista y sanguinaria según cierta parte de la crítica y un atentado a la moral de un comunista que había perdido la razón. Un escándalo para todos los que quieran opinar. Y hablar de Pier Paolo era fácil porque tenía enemigos en todas partes incluido en el seno del Partido Comunista Italiano del cual fue expulsado. Pero lo cierto es que nunca se sabrá que hubiese sido de un hombre con una creatividad sin límites. Un militante cultural con una capacidad asombrosa de conjeturar poéticas distintas, un creador capaz de incursionar en tan variados formatos creativos si no hubiese sido emboscado y asesinado cruelmente en Ostia.
Se supone que en el atentado participaron seis hombres que no dudaron en masacrar su cuerpo hasta lo más inhumano a gritos de “comunista y maricón” en esa playa solitaria y sucia. Allí le provocaron la rotura de diez costillas, le estrellaron el esternón, le desgarraron el hígado y machacaron sus testículos que quedaron llenos de hematomas. En esas marismas despobladas, como único testigo de la crueldad humana, se empeñaron en dejar su rostro y su mandíbula hundidos, así como el hueco que le ocasionaron en el costado izquierdo de su cráneo por donde emanaba el líquido cefalorraquídeo.
La ama de casa María Teresa Lollobrigida, quien lo descubrió a la mañana siguiente, tampoco pudo sacar de su mente, el resto de su vida, la espantosa escena que había presenciado. Ella no supo quién era hasta mucho tiempo después. Sólo recuerda con asco y horror lo que sus ojos descubrieron esa mañana: la visión dantesca del ser humano que fue Pier Paolo Pasolini.
Lo que sí es muy cierto y es uno de los rasgos que más llama la atención sobre Pier Paolo Pasolini, hasta llegar a conmover, es la valentía del intelectual al asumir una postura visceral en una sociedad tan retrógrada y machista como la italiana de la época, no sólo como comunista y antifascista, sino también como homosexual. Muchos coinciden en afirmar que lo que realmente le daba valor a la voz y a la oposición de Pier Paolo y a toda su crítica era su independencia de opinión y su audacia para afrontar la diatriba y sus consecuencias al no aceptar pactar con nadie a cambio de sus ideas. Allí probablemente radicaba el ensañamiento con su obra, con sus ideas políticas, son sus códigos estéticos y creativos y, tal vez, con su cuerpo mutilado. Era un hombre honesto consigo mismo, un hombre imposible de sobornar y amedrentar con ideas vagas o pueriles carentes de verdad.
¿A quién importaba la muerte de un homosexual fuese quien fuese? ¿Fue acaso por ello que prefirieron capitalizar y profundizar en el hecho de su homosexualidad como causante de su muerte para que otros temas mucho más críticos dejasen de tener sentido? Sin dudas, puede haber allí, en ese planteamiento, más respuestas de las que se han querido saber.
Este intelectual nacido en Bolonia en 1922 fue capaz de retar con igual atrevimiento los cánones artísticos, así como los políticos y los filosóficos de su época y tuvo el coraje de sacar del anonimato a los fantasmas que mal vivían en la ciudad quimérica para que los turistas y sus cegados ojos, hechizados por la extraordinaria y domesticada Piazza del Popolo y alrededores, reparasen por fin en ellos. Dejó un legado inmenso en el mundo del pensamiento, las ideas y las imágenes cinematográficas y una huella indeleble como creador equiparándolo como un hombre del renacimiento. Y, como él mismo, nosotros nunca sabremos la verdad de lo que ocurrió aquel día, ni sabemos tampoco cuál hubiese sido el verdadero recorrido que tendría la publicación de su muy esperada novela “Petróleo”.
Con el asesinato de Pier Paolo Pasolini todos perdimos. No sólo Pino Pelosi perdió la vida entre rejas y teniendo visiones horribles sobre ese día. No sólo Italia perdió a un guerrero de la verdad, a un intelectual profundo, sino todos, cada uno de nosotros desde nuestro pequeño espacio de pensamiento nunca sabremos el verdadero sentido de esa pérdida. Porque su legado nunca será suficiente. Nunca conoceremos a ciencia cierta cuánto más habría incidido en el crecimiento espiritual e intelectual del género humano. La partida de Pier Paolo Pasolini de alguna forma nos dejó huérfanos de una voz preclara y definitiva. De una manera peculiar de ver el arte y sus entrañas.
Quizás la vida debió ser mucho mejor para Pino Pelosi. Desgraciadamente él estuvo destinado a ser un niño de la calle maltrecho y herido por un sistema. Un ser humano que vivió cegado por la vida y también por la muerte, alucinado por la sombra alargada y eterna de Pier Paolo Pasolini que intentó darle un poco de humanidad, pero en vano fue el esfuerzo. Lo que no nace no crece, así como la mala yerba en esa playa de Ostia que aún recuerda, horrorizada, aquella semejante escena.

Giuseppe

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