Si nos detenemos a pensar cómo funciona la vida, y, con ella, las estructuras complejas que configuran y sostienen el cuerpo humano, nos damos cuenta de que somos parte de un milagro. Allí cada uno de sus órganos en perfecto complemento son parte de una organización exquisita, casi mágica, gracias a la química que despliega todo su poder en el interior de nuestros organismos ejerciendo su autoridad en la síntesis de proteínas, en la perfección del intercambio celular, en la interconexión de las terminaciones nerviosas. Entonces te das cuentas de que la maravilla de la existencia es algo que hay que ponderar. El dilema que para algunos significa el cumplir años, debería ser interpretado como algo bueno, algo de lo que sentirnos satisfechos de experimentar en toda nuestra vida. No es más que la constatación de que han pasado 365 días y que sigues siendo parte activa en la rueda de la existencia, de que permaneces, que formas partes de esa dinámica que a veces la indolencia no nos deja disfrutar, que no nos permite darnos cuenta de que hay sólo una vida por vivir. Para muchos cumplir años es algo que agradecer y de lo que sentirse orgulloso. Poder abrir los ojos cada día y apreciar la luz que invade tu habitación, sentir la sangre recorriendo tus venas, la respiración evolucionando libremente por tus pulmones es, sin duda, una sensación inigualable. Pero si vamos más allá y tenemos la suerte de ver crecer una semilla recién plantada, ver cómo brotan las hojas brillantes y tiernas gracias a tu esfuerzo, o el nacimiento de un polluelo bajo la atenta mirada de su madre es en sí mismo un regalo maravilloso.

 En algunas culturas llegar a viejo es algo loable, algo que venerar, es algo que se cuida y se protege como si de un talismán mágico estuviésemos hablando, es un halago permanente a esas personas que pueden brindar sus experiencias y su huella de un tiempo pretérito que ya no está, y que tienen aún, algo que aportar al bien común. En cambio, en otras culturas, cumplir años es una derrota, una pérdida irreparable y  desagradable, algo que se pretende ocultar, que no es bien visto porque se pondera demasiado lo novedoso, enmascarado de superficialidad. Olvidan con demasiada frecuencia que todo lo que brilla en algún momento perderá ese fulgor y que la luz que brinda ese brillo se puede ocultar en cualquier momento.

Llegado a este punto del relato, debo decir que hoy es mi cumpleaños número 48, y no me puedo sentir más orgulloso de ser un poco más añejo de que lo que fui ayer. Hoy, más que preocuparme por ser un poco más viejo, debería detenerme a dar las gracias por un año que para todos se está convirtiendo en uno a olvidar, pero también hay que vivir las malas experiencias, sabemos que nos ayudan a descubrir lo mejor de nosotros y a aprender.

Peor momento para celebrarlo no puede haber. Hoy por culpa de ese ente extraño que convive y se alimenta de nosotros y nos mantiene en vilo hace casi un año poniendo nuestras vidas en pausa, no podré ser, por 24 horas, el centro de mi mundo. Hace meses que estamos sufriendo esta extraña manera que tiene la naturaleza para intentar hacer que nos enfrentemos a nosotros mismos, para hacernos razonar de nuestros equivocados pasos. Nos grita frenéticamente que cambiar el rumbo, que estamos errados en nuestro proceder. Pero, aun así, debo agradecer que sigo aquí, en la superficie de este hermoso y maltratado planeta intentando tener sueños y  ansiando hacerlos realidad, tratando de ver la parte buena del lado oscuro del ser humano, ilusionado por ser uno más entre tantos que creen que la izquierda de mi mano es mucho mejor que la derecha, que el lado oscuro es solo un color errado, una sombra que hay que iluminar, deseoso de intentar ser parte del cambio y con la certeza de que es posible.

He de agradecer que pude vencer a ese ente extraño que me atacó y que sigo aquí para contarlo. Fue difícil y doloroso y sobre todo acojonante, pero, al fin y al cabo, pasó por mí y me dejó. He de agradecer a pesar de este confinamiento universal, a pesar de las malas noticas que taladran cada día nuestra atención, a pesar de los indeseados debates políticos que no quieren arreglar nada, a pesar de  los políticos que no están a la altura y son fantoches en búsqueda y captura, a pesar de la debacle planetaria, a pesar de que los polos se derriten y no dan buenas señales para el futuro, a pesar de que las cosas no funcionan como debe ser en parte por nuestra culpa. Agradecer también que mi familia sigue allí en aquella isla milagrosa carente de milagros y en perfecto estado de salud. En su momento tuve mucho temor por ellos, porque no creía que tendrían todas las garantías para ser cuidados y protegidos de ese ente extraño como se merecen, ellos y millones de cubanos, pero por suerte me he equivocado. He de agradecer a mis casi 50 años, que después de tanto tiempo, de lejanía, de separación, mis amigos de toda la vida aún permanecen a mi lado a pesar de lo que soy, de como soy, de quien soy y que en este camino que hacemos solos, otros nuevos amigos se van sumando a mi andadura y se convierten en cómplices de mis pasos. Ellos “no te tocan por la libreta”, a ellos los escoges tú o la vida te los regala sin esperarlos, ellos no buscan nada más que acompañarte por el camino y sentirse acompañados por mí. He de agradecer, sobre todo, ser amado como lo soy, es algo que se dice rápido pero que conlleva un tipo de compromiso diferente, mucho más profundo, es en todo caso un sentimiento idealista donde se invierte tiempo y emociones con la certeza de la reciprocidad y el amor. Es ese un derecho que tenemos todos pero que no todos consiguen sentir. Es una sensación increíble, extraordinaria, la certeza de sentirse arropado, querido e ilusionado por las cosas que ese ser amado se empeña en hacerte sentir y compartir. No hay nada más hermoso que eso.

En Madrid, en marzo, un día antes del primer estado de emergencia nacional dictado por el gobierno de España, en nuestra cómoda cama que no pudo evitar que los escalofríos, la fiebre y la angustia nos recorriese el cuerpo como un demonio desesperado, mi persona favorita no dejó nunca de estar, no dejó nunca de preocuparse y ocuparse. No dejó nunca de confiar en mi recuperación a pesar de que él también estaba enfermo. En esos días me acordé de muchos de los que hasta ahora me han acompañado, que han hecho lo posible por arroparme desde la distancia, que me han ayudado a conformar el ser humano que soy. Uno que es dichoso de cumplir años mientras se va equivocando, mientras toma a veces por caminos errados, mientras se olvida de ser él mismo, de sonreír a la vida. En ese momento pensé muchas cosas, por mi mente un desfile de calamidades hizo su entrada triunfal. Tal y como estaban las cosas, como se predecía el futuro, era difícil no ser parte de ese sarao letal, pero había que aguantar el golpe, y tener la certeza de que había que persistir, de creer que muchos años más nos quedan por cumplir. Porque el ser humano basa su existencia en sus ilusiones, persiste en contar con un futuro que sólo se conforma en nuestra mente pero que no existe, cuando más, podemos invertir en tiempo para intentar conformarlo, pero es la única manera de sobrevivir, de avanzar.

Hoy estoy aquí y sólo puedo decir gracias…

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5 thoughts on “Gracias…

  1. Rosales, el ginecólogo, te depositó en mis brazos, pequeña y presiosa criatura sin real semejanza genética. Fue mi primer encuentro contigo, quería una niña, pero no sé porqué, cuando supe que eras niño, me llené de una inmensa alegría.
    Ahí comenzaste a crecer y a crecer hasta la estatura que has alcanzado, me inclino, lleno de orgullo por el hombre, en toda la expresión de la palabra, que has logrado ser. Este último relato muestra una enorme madurez literaria, recuerdo tus primeros pininos escribiendo pequeñas cuentos o narraciones, eras muy joven y estabas a gran distancia de lo que estás haciendo hoy, sin embargo, tus poemas me erizaban la nuca y me ponían las carnes de gallina.
    No sé de tus actuales poemas, pero, al menos, para mi conocimiento, el narrador supera al poeta.

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