Mirarla era una dura mezcla de emociones diversas, siempre allí en su pequeño sitio a pesar de todo y de todos. Siempre a la espera de algo, algo tan sencillo como el apoyo de algún extraño, la sonrisa de buenos días en la mañana, cuando se abre la puerta y sales tú cargado de cosas brillantes y olorosas, siempre esperando el regalo de una pequeña sensación que le haga recordarle que aún es visible, de que aún puede sentirse como un ser humano, de que, a pesar de sus colores, su vejez, y su imprudencia, tiene derecho a la vida. Es quizás aventurarnos a pensar que tuvo la suerte de una niñez y una juventud feliz como todos nosotros, donde la norma era la risa distraída, la luz y sus matices, donde pudo alcanzar su desarrollo como ser humano a plenitud, y que, en algún momento, eso se rompió, quizás por la segunda guerra mundial o sus consecuencias. Es ir intentando imaginar su pasado, quizás en medio una aldea rural en la estepa de su Rumanía natal, rodeada de imágenes y vivencias que la hicieron feliz, o, por el contrario, la forjaron con una tristeza tan permanente e insoportable que terminó emigrando a pesar de su edad. En el peor de los casos, quizás, fue testigo protagónico de una guerra que marcaba el ritmo de los días y de las cosas. Un conflicto cargado de un odio que se cebaba con los más indefensos, donde no importaban las vidas, ni las familias, ni la ruptura de todo lo que permanecía. Imaginemos que, tal vez, la guerra le marcó el carácter para siempre, le quitó la risa de su joven rostro, le cubrió la vista y le puso un velo permanente a la belleza, y la glorificación de la muerte y el dolor se instalaron en su vida para siempre. Quizás se dio cuenta tiempo que no fue más que un peón como tantos otros de un mundo tan masculino como puede ser la guerra.

Ahora malvive aquí en Madrid. ¿Dónde duerme?,¿dónde come?, ¿dónde sueña? no lo sé Lo único que sé, es que siempre nos acompaña con sus coloridas y raídas vestimentas y en su cara, un velo de dolor ocultando la belleza, permanece invariable. Nos recuerda en cada momento, que no todos lo han conseguido, que allí afuera, un poco más lejos de nuestras miradas, hay millones de personas con una cruenta realidad.

No sé cómo se llama, pero imaginemos que se llama Mytsa. Imaginemos, que, a pesar de su edad, (parece tener unos 75 años o más) llegó a España por la vía más cómoda posible. Que no tuvo que pagar un alto costo por llegar, por conseguir el sueño y que no está endeudada con las mafias que se dedican al tráfico humano de inmigrantes. Imaginemos que, a pesar de todo, cuando abandona su humilde sitio a la entrada del supermercado Lidl de al lado de casa, tiene cómo llegar a su destino, dónde llegar y alguien que le espere y le dé un poco de humanidad. Imaginemos, que, en medio de esta espantosa situación, ella por alguna mágica solución ancestral, se mantiene alejada de los terribles contagios que para personas de su edad muchas veces se convierten en una situación definitiva. Imaginemos, que, a pesar de que hace caso omiso de las medidas de confinamiento, consigue mantenerse sana y viva, y que arriesgarse a tanto, no le supone un problema grave porque para ella es más grave aún, es morir de hambre, sentirla magullando en su estómago, susurrándole insidiosa dentro de sus tripas como un pesado martillo cargando contra una pared de acero. Imaginemos, que, al final del día, cuando desiste de esperar, cuando cansada y hambrienta abandona su puesto, se va con algo entre sus manos, con suerte un poco de monedas, o quizás, con algo para apurar su hambre y la de los suyos. Imaginemos, que, cuando consigue poseer unos cuantos euros, nadie la amenaza con quitárselos, que no tiene que pagar para poder dormir en un sitio caliente, que nadie abusa de su bondad y de su esfuerzo y que, al llegar a casa, si es que acaso tiene una casa donde llegar puede conciliar el sueño sin que imágenes terribles le nublen la vida.

Por eso ayer me arriesgué y violé todas las normas establecidas para estos tiempos tan extraños. Se que fui un inconsciente porque la puse en riesgo a ella. Lo hice con la certeza de que yo incumplía con un largo listado de cuestiones de seguridad establecidas para evitar los contagios, para permanecer dentro del metro y medio establecido de separación social. Pero desde que la vi, lo deseé, necesitaba poder marcar un poco la diferencia, intentar que su espera no fuese en vano. Quería hacer posible, que su decepción diaria, no fuese a más. Sé que el resultado es mínimo, que poco o casi nada iba yo aportar con mi temeridad. Aunque no fuese una solución definitiva, aunque quizás alcanzara solo para que pudiese pasar una noche más, necesitaba conseguir que sus ojos volvieran a reír por un solo instante. Sin pensarlo le puse un billete de 20 euros en las manos, sabiendo que ella corría el riesgo de contagio, aunque he de aclarar, que ya llevaba sano casi dos meses. Pero regresando a casa llevando la compra me deleitaba pensar, que quizás, a pesar de todo, ese día podría llevarse a la boca un plato de comida caliente y permitir que el frio madrileño no hiciese un poco más de mella en su salud. Se lo puse en la mano, una mano cansada de esperar, una mano adolorida por el paso de los años, cansada de labrar la tierra, de cargar con peso de la vida, de haber sostenido la cabeza yacente de algún familiar, de haber empuñado quizás, un arma para defenderse o para matar. Manos que un día fueron hermosas, lucidas y bendecidas, que quizás inspiraron mucho amor y deseos, manos que hoy la vejez, le corroe cada centímetro de piel, de hueso, de célula, y que, a pesar de todo, persisten en su andar.

Ella no lo esperaba, como seguramente ya nunca espera casi nada de la vida a estas alturas, y sabe que lo único seguro que tiene, es la muerte. Y cuando cae algo en sus manos, suelen ser algunas monedas, alguna que otra chuchería pasajera, por lo que la sorpresa invadió sus ojos y la gratitud fue un soplo de aire tibio que se fue abriendo camino hasta mí. Siempre he oído decir que, la caridad no se debe ejercer, porque no implica la búsqueda de la justicia o de la dignidad o la igualdad social y que tampoco promueve el desarrollo de la capacidad de empoderarse de quien resulta beneficiado. Más bien, se podría decir, que la satisfacción la sentí yo que presté la ayuda, y que, de alguna denigra a quien la recibe. Estoy totalmente de acuerdo con ello, pero es muy duro verla allí, cada día pasando frio, temiendo enfermar, soportando el rechazo de muchos por ser pobre, mayor y extranjera. Imaginemos entonces que los gobiernos sin importar los credos políticos y económicos que les caracteriza buscan generar soluciones, apoyar ideas. Imaginemos que, fuese más importante que propiciar guerras por interesas absurdos, que el gasto del PIB se midiese además del valor monetario de los bienes y servicios finales, por el poder del estado para resolver la vida a los más necesitados. Imaginar es muy fácil, conseguirlo es ya otra historia.

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