Ellas saben.

(Ocultarme no tiene sentido).

Mis manos lo conocen todo de mí:

ese ruido insoportable en el salón de mi mente,

el dolor restante después de la evocación

y de la angustia.

Perciben mi angustia cuando insisto en ese recuerdo perverso,

el sonido vacuo martillando la maldita desesperación.

Saben del alimento casi variable a las células sensoriales de mi cerebro.

Conocen del trecho que aún queda por transitar

y del miedo que da recorrerlo,

la angustia que genera decidirse,

acercarse al comienzo,

o la decepción de llegar al final

y no ver las cosas que soñaste.

Saben que no hay columpio para mecer,

que no habrá enigmas por identificar…

Mis manos lo contemplan todo

y con cada capa de piel que se desprende,

admiten que desear demasiado es poca cosa.

Y entonces quedan tan quietas como el agua de una pecera enferma,

incapaces de regenerar el oxígeno,

ni de proporcionar la electrolisis adecuada.

Soy un mudo espectador del flujo continuo del enigma

que nada descubre,

que nada regala,

que nada traspasa,

de las dietas infaltables,

de los zapatos que se acumulan sin viajar a ninguna parte,

una estúpida elongación de mí mismo,

una presencia cansada de vagar en un corredor vacío

(con paredes metálicas emitiendo tanto ruido

que las voces chillan sin ser oídas).

Las llamadas de atención son escenas mal interpretadas

y la espera una vía dolorosa para continuar.

Sí.

Mis manos lo saben todo.

Pero a mí no me importa.

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