Tengo una amiga cubana que es famosa. Tan famosa que va dejando tras sus pasos halagos, admiración, cientos de seguidores y premios recibidos en cada punto cardinal de este planeta. Bueno en realidad tengo unas cuantas amigas cubanas que son famosas y aclaro, no es que yo vaya coleccionándolas, pero lo cierto es que la vida me ha regalado la suerte de compartir espacios, tiempo y amistad con todas ellas. Esas maravillosas mujeres tienen un común denominador, todas destilan cubanía por los cuatro costados, su amor a su oficio bien hecho es su escudo y su bandera allí donde quiera que van.

En medio del momento más crudo de la pandemia, esta amiga tan cubana como las palmas reales y famosa como no hay ninguna, me llamó por Zoom para actualizarnos mutuamente sobre nuestras respectivas enfermedades, dígase covid, nuestros amores, soledades o depresiones, dolencias cervicales y del alma. Cuando entro en el Zoom me encuentro a mi amiga cubana y famosa dándose al alcohol y con una sonrisa enorme y deslumbrante de oreja a oreja repitiéndose, y repitiéndome, “que el mundo se iba a acabar, que este virus estaba dejando bien claro todo el daño que hacemos como especie y que a ella no le iba a sorprender el Armagedón triste y sola”. Ella y yo siempre habíamos comentado nuestras mutuas preocupaciones sobre el devenir del covid, sus implicaciones sociales y la metratanca existencial que generaba toda aquella crisis a ambos lados del Atlántico y en boca de ella era algo tan normal como el café mezclado con chícharos después del magro almuerzo de la una de una tarde. Me hizo reír mucho, eso sí, y siempre es muy bienvenida esa manera tan suya de ver la vida, de regalar buena energía, abrir caminos ya sea a empujones o con una simple sonrisa y enarbolar ese poder tan suyo de colorear el día. Me vino muy bien porque yo en ese preciso instante estaba en mis momentos más bajos, atrapado conviviendo con el maldito covid y encerrado entre cuatro paredes en mi apartamento junto a mi marido y dos perros. Intentando evitar a toda costa las furiosas y descontroladas andanadas de noticias fatalistas e innecesarias que desbordaban los telediarios. Y tenerla allí, sólo para mí, a mi amiga cubana y famosa con su risa de pasta Colgate, sus ganas de comerse el mundo a mordidas y desde nuestra isla maltratada y virtual, cansada de abrirse los caminos una y otra vez a base de machete. Y con ganas me dejé invadir por su fe, su realidad y su divertida locura humedecida por un magnífico ejemplar de Havana club 7 años. En silencio la escuché maravillado, era un soliloquio dedicado a la vida, al deseo expreso de saltar hacia la luz, (la luz bróder, la luz) no hacia la oscuridad, aunque ese salto le hiciera perder la vista, le quemara las alas y le regalase un aterrizaje forzoso a suelo. Era su necesidad declarada de abanderar causas perdidas, sostener deseos inconclusos, morder el polvo si fuese necesario. Era un manifiesto verbal de sabiduría popular, una enseñanza definida de cómo vivir en Cuba hoy, ahora mismo y no morir en el empeño. No me quedó más remedio que, a pesar de mis mutiladas ganas de levantar cabeza, arrastrar mis pies hasta el mueble bar que tenia tras de mí y hacer lo mismo que ella. Destapar un Habana club 7 años e imitar a mi interlocutora cubana y famosa y ponerme en un vaso old fashion comprado en “Belkis 5 pesos” made in Havana colección del 57 del cabaré Tropicana, un generoso trago de ese líquido dorado que baja tan fácil horadando cada célula maligna de ese puñetero virus.

Mi amiga cubana y famosa, me observaba chillando y riendo, demostrando orgullosa que me había contagiado con algo más que con un virus. Me contagió de vida, de unas terribles ganas de sobrevivir, de saborearla cueste lo que cueste y luchar por ella, aunque me fuera la vida en ello. Me animó a dejar la penumbra y el dolor para otro momento, porque lo cierto es que, cuando mi amiga cubana y famosa se cuela por el espacio digital y abre sus brazos y su boca, dejando ver esos dientes de pasta Colgate y el sonido de su voz, no queda títere con cabeza que no caiga en plancha ante ella, y mucho menos bicho que se le resista. Después de 40 minutos de Zoom y dos vasos medio llenos de nuestro mutuo sortilegio, el Havana club 7 años, me abandonó. Me decía que tenía que saltar a otra dimensión, a la suya propia, a una donde se jugaba al duro y sin guante, donde las reglas dejaban de estar escritas, las señales estaban equívocas y las ganas se te escapan por el inodoro sin darte cuenta. Pero me dijo que regresaba con la convicción de que nada ni nadie le iba a joder el día. A mí sin duda, me lo había arreglado con nota sobresaliente. Me despedí de ella con menos fiebre, con una sonrisa en la cara y la aspiración de que al día siguiente mi amiga cubana y famosa se hiciese de cuerpo presente a través de la pequeña pantalla digital que tengo frente a mí, y me dejara contagiado de ganas, mientras ella anduviese por el espacio digital abriendo otras puertas, arreglándole el día a tantos otros como a mí.

Compártelo en...
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter

4 thoughts on “Mi amiga cubana y famosa

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.