Hace apenas un par de días tuvimos en casa la visita de unos amigos­: un chico español y su novio, un rubísimo muchacho nacido en la Rusia del prepotente Putin. Son muy buenos amigos y disfrutamos muchísimo el ir encontrándonos por cada esquina del mundo con ellos. Podría decir que son parte de la gran familia que tenemos allí afuera, esta que uno escoge y que, siempre y aunque pasen los años, tenemos la capacidad de retomar la relación en el punto mismo donde la dejamos. Este joven de unos treinta años es un brillante ingeniero nuclear y por sus méritos y su trabajo desde hace unos años trabaja en Francia en un proyecto esencial para el futuro de la humanidad.

  En cuanto llegan del aeropuerto y nos sentamos, siempre amparados por una botella de vino tinto, para ponernos inmediatamente al día con nuestras respectivas vidas, nos enteramos de que el joven acaba de recibir la nacionalidad francesa. Además, una carta del mismísimo presidente francés Emmanuel Macron, firmada y todo de su puño y letra, dándole la enhorabuena por haber obtenido la ciudadanía y donde afirmaba que “la Liberté, Égalité, Fraternité son parte fundamental de los valores esenciales de la democracia francesa y que implicaba derechos y deberes ser parte de esos valores humanistas”. Ambos estaban muy felices por haberlo conseguido, sobre todo nuestro joven amigo.

   Entonces veo ante mí a dos hombres orgullosos que se aman llenos de agradecimiento por haber concluido un arduo proceso para obtener la nacionalidad. He de admitir que verlos a ellos, en ese estado casi de gracia, me dio cierta ternura y, por supuesto, una felicidad enorme sobre todo por nuestro joven amigo que, siendo gay, tiene que ver y sufrir en carne propia como el pleno auge del sentimiento nacionalista e imperialista ruso está provocando la persecución extrema de la comunidad LGTBQ+ en su país y, además, en las frágiles relaciones internacionales globales.

  Por otra parte, desde hace unos 4 años, puedo decir que yo también soy ciudadano europeo, en este caso español. Además de la larga espera del proceso tuve que hacer un examen relativamente difícil sobre España, pero a base de estudio y, gracias también a mis conocimientos previos de cultura española y modo de vida, se me hizo más fácil. El asunto es que finalmente y, no después de varios problemas burocráticos, lo conseguí.

   Pero la verdad es que cuando tuve la cita para firmar mi nacionalidad, ese momento casi sublime que para muchos significa poder tocar el cielo de la libertad, estar a solo un paso de la plenitud de derechos y deberes en un mundo nuevo, yo he de admitir que no sentí nada. Nada de nada. Todo el mundo me comentaba que ese momento generaba unas expectativas increíbles, unas satisfacciones enormes porque finalmente, y después de tantos esfuerzos, conseguías algo por lo que llevabas tanto tiempo luchando. Es una vía expedita para un nuevo cambio, una regeneración de tu vida, allí a donde quiera que vayas y hasta quizás un cambio de mentalidad desde el aprendizaje de nuevos conceptos, formas de gobiernos y de relaciones sociales.

   Mi marido, por ejemplo, siempre se queja de que yo no sentí nada, que no manifesté ninguna alegría o emoción evidente por conseguir ese pedazo de papel que certifica que yo, por obra y gracia del Rey, comienzo a ser ciudadano con plenos derechos del Reino de España. Pues sí, qué mono!, el pasaporte lo es. Es cierto, y yo no soy estupido, que con él  puedo viajar el mundo entero y no hay puerta que se me cierre, es cierto, que me genera una seguridad extraordinaria, una mitigación evidente de mi situación física y geográfica ante los vaivenes de la contemporaneidad insular con sus dramas y sus dilemas. Pero, además de todo eso, no siento nada.

   He de explicar que este hecho está lleno de muchísimas connotaciones en Cuba, país donde nací. Si se está mínimamente informado se podrá saber que ha sido históricamente uno de los aspectos más importantes, dolorosos y contradictorios de mi país por las difíciles circunstancias que hemos vivido durante más de medio siglo. Imaginen un país de once millones de personas de las cuales han emigrado un millón setecientos mil aproximadamente y, con certeza, otros seis millones están intentando desesperadamente hacer lo mismo. Es una locura total; no hay nación ni país que soporte eso sin que traiga consecuencias enormes de diversa índole. Simplemente se hipoteca el futuro del país porque no tendrá las fuerzas sociales suficientes para que sea productivo y mucho menos para que sea capaz de generar un cambio de conciencia. 

   Para muchísima gente en Cuba poseer un pasaporte de cualquier otro país, pero, sobre todo español, es un bien sumamente preciado porque es una puerta de escape a otra dimensión como si de Stargate,  la antológica serie de ciencia ficción, estuviese hablando. Es simplemente un nuevo y mejor punto de partida hacia nuevas y diversas posibilidades para recomenzar allí donde no has podido en tu propia tierra. Esa que te han hecho amar como si fuese tuya, pero no lo es. Ese pasaporte tiene la capacidad de cambiarte la vida para siempre, de alcanzar transformar tus circunstancias personales e intentarlo casi con la certeza absoluta de que, si te esfuerzas lo suficiente, lo podrás ganar. 

   En mi isla asediada por las circunstancias todos sueñan con poder partir teniendo un pasaporte ya sea español o estadounidense en las manos, uno que posea la “llave mágica del reino” y que sea capaz de resolver todos los problemas. Y aunque todos son conscientes de que no tendrán resulta su vida, al menos quieren intentarlo.

    Estoy acostumbrado a ver a personas en Facebook el día que obtienen, por ejemplo, la nacionalidad norteamericana. Entonces hacen una muestra expansiva y extensiva de su felicidad y sobre todo de su nueva situación. Como si hubiesen conseguido alcanzar, aparte de una nueva oportunidad, cierto estatus que millones de sus congéneres a solo 90 millas de ellos penan por conseguir. Así que veo a esas personas (obviamente tienen todo el derecho) dando gracias a la gran nación que es Estados Unidos, haciéndose fotos delante de la bandera norteamericana y, pienso entonces, cómo ellos, personas criadas y educadas bajo ciertas circunstancias, ni buenas ni malas sino diferentes, con valores muy determinados tanto sociales como culturales pueden abrazar, súbitamente, un modo de vida, una realidad diametralmente opuesta a lo que ellos, hasta ese momento, conocían. Como si una sorprendente magia haya influenciado  mentalmente como deben sentir y pensar, pero sobre todo asimilar un modo de vida y una cultura ajena.

   ¿Pero por qué yo no siento nada? Siempre me he hecho esa pregunta y no es porque me importe mucho saber la respuesta sino porque siempre veo a otras personas llenarse de júbilo y alegría por haberlo conseguido y porque ha sido mi marido el que siempre me ha llevado a pensar en ello. Pues la verdad es que no lo sé. Creo que para mí es una simple formalidad, un trámite sin más que me da acceso al respetado y venerable espacio Schengen y todas sus prebendas por supuesto y punto. Quizás debe ser, y perdonen mi ignorancia, que para mí el concepto Patria y Nación con todo lo que conlleva y que, aún hoy siguen siendo muy importantes para el 90 por ciento de la población mundial, se me hacen obsoleto. Una ideología barata, a veces muy peligrosa y desfasada.

Pero vayamos al concepto de Patria. Buscando en la web te encuentras algo como esto: “proviene del latín patria, que deriva de la voz patrius, que significa ‘tierra de los antepasados’. De allí que el vínculo con la patria pueda ser de orden afectivo o de sangre, pues es el lugar al que también pertenece la familia del individuo” y continúa “La patria suele invocarse con fines políticos, apelando a un sentimiento patriótico o nacionalista, para exaltar el sentido de pertenencia de la colectividad, especialmente en situaciones de amenaza a la seguridad de la nación, de guerras o enfrentamientos bélicos”. Ya aquí como pueden ver se huele perfectamente el objetivo fundamental de esgrimir ese concepto.

   Pero lo cierto es que, a pesar de ese significado, el concepto, como tal, surge en otro momento histórico cuando la burguesía llega a una posición de poder absoluto y se van desarrollando lentamente las bases del liberalismo que conocemos hoy. Surge entonces la necesidad de hacer les creer a las clases sociales en un nuevo concepto como el del patriotismo, para que el pueblo se sienta con ánimos de defender lo que pueden ser “sus posesiones”. Pero si miramos un poco más atrás descubrimos que en el medievo, esa época oscura y retrógrada, ese concepto no existía. Militarmente los ejércitos combatían por las posesiones geográficas o las ideas políticas de un rey o de sus señores feudales, pero no por un país. Entonces el surgimiento del “Estado” y la “Nación” aparece con la profundización del romanticismo en el siglo XIX que resultó ser muy útil para la legitimación  de esos estados y en el orden interno el despertar del patriotismo como sentimiento de autodefensa y, por ende, el concepto de una “Patria” que defender para estimular la creación social de un pensamiento tribal de la sociedad para conseguir manipular y controlar de una manera mejor. 

   Todo esto lo puedo entender como he entendido siempre que para Cuba sea  de vital importancia porque es un concepto aglutinador y de unificación ideológica en contra de una supuesta amenaza externa que busca confrontación desde los inicios mismos de la Revolución, marco temporal del que puedo hablar directamente. Pero llegado el momento te das cuenta de que cansa, aburre y agita tener durante toda tu vida e, incrustado con fuego y sangre, todo ese ideario en tu mente, en tu forma de ver la vida, de manifestarte mental y físicamente. Quizás en todo esto puede haber una explicación respecto a mi carencia de alegría por pertenecer a un determinado lugar geográfico.

   Cuando me preguntan por Cuba, por mi país, pues siento algunas cosas. Me vienen a mi mente un cúmulo de sentimientos encontrados: buenos y malos pujando por manifestarse o no, o quizás por que sigan dormidos ahí donde quiera que estén. También porque muchas veces son dolorosos, fastidiosos e importunos. Existen, pero no son lo suficientemente enormes como para saltar de orgullo y alegría por ser de allí. Bueno a veces sí, pero sin más consecuencias, normal, como si fuese del Ártico o de Viena de toda la vida cosa que no es así.

   Puede ser que algunos entonces crean que esta actitud mía, esta manera de pensar tan contraria a lo establecido me describa como un paria y/o un antipatriota. Pues tampoco, no me veo luchando en contra de mi país, haciendo lo posible o lo imposible por infringir daño a mis compatriotas, a la tierra que me vio nacer. Contra ella no tengo nada, pero todo esto es solamente mí yo interno intentando avanzar, extrapolarse de mi cuerpo, de las enseñanzas que me formaron y que me hicieron tal y como soy e intentar ver mucho más allá de ese nacionalismo que enfrenta y condena.

   Pero me encanta creer que, aunque muchísimos no lo vean, todos somos ciudadanos de un planeta y que a pesar de las diferencias físicas de etnias y de idiomas somos seres humanos, una única raza en un planeta enfermo. Realmente de eso deberíamos preocuparnos y ocuparnos más que diferencias de culturas o diámetros de fronteras.

  Pero entonces y, ya con dos copas de vino en mí, me doy cuenta de que el joven ruso y yo tenemos algo en común. Algo que agradecer a nuestras respectivas Patrias de acogida y es que en ellas podemos ser totalmente libres. En ellas, nuestra homosexualidad, no es contrahecha ni pecaminosa, no es repudiada ni despreciada, al menos no en el orden legal y político. Entonces tengo algo que agradecer a mi estatus de ciudadano europeo. Al menos allí me han dado una nueva posibilidad de vivir en libertad absoluta  o, al menos, a poder manifestar mi orientación sexual con la certeza del respeto siempre desde la igualdad de derechos y deberes. Para un ruso y un cubano unidos por un letargo de antiguas ideas y maneras de ver el mundo es, sin dudas, un nuevo y brillante comienzo. En ese caso si tengo mucho que agradecer, mucho por lo que brindar.


 

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